miércoles, 25 de junio de 2014

Uno de los malos



Tengo días en los que me quiero morir. En los que abro los ojos y lo primero que pienso es ¿a ésto viene uno al mundo?, ¿a perder de a poco lo que ama?

A veces me sorprende que la gente no me mire horrorizada. Que no pegue un grito y salga corriendo a buscar refugio. Pero no, la gente no se asusta porque aunque a mi me parezca ser transparente, llevo el destrozo por dentro, dónde nadie lo ve: por fuera mi nariz sigue estando en el mismo lugar, sigo comprando naranjas en el súper, o esperando el colectivo en la parada. Ésta es la vida ahora: todo parece igual y sin embargo nada lo es.

Porque nunca volveremos a ser los mismos. 
Porque nunca volveremos a estar completos. 

No tengo ganas de ser poética. Sólo quiero decir que la estoy pasando como el orto. Quiero enojarme con alguien. Quiero echar culpas. Romper cosas. Quiero odiar. Y maldecir. Quiero apagarme para que no me duela más el alma, el cuerpo, la noche, tu silencio.

Pero no tengo derecho, ¿Cómo voy a odiar yo? Yo que estoy aquí. Que estoy sana. Que estoy salva. Que estoy con ellos. ¿Cómo voy a odiar yo si vos amaste con bravura aún en la enfermedad, aún en el dolor?

No quiero saber quién regará tus plantas. Quién vestirá tu ropa. Quién deslizará sus pies desnudos donde vos calzabas tu precioso andar de gitanilla.

Yo me quedo con tu pelo y tu carcajada al viento. Nada más.

Te quiero hoy. Ahora. Todavía.

Te querré siempre. 

























jueves, 22 de mayo de 2014

La vieja chota que algún día seré


Cuanto más lo pienso, más segura estoy: no hay manera de que yo envejezca bien. Y no es que me victimice. Simplemente lo reconozco como un hecho. A esta altura, hay cosas que sé sobre mi misma: mido un metro sesenta y cuatro. Casi todos mis lunares están del lado izquierdo de mi cuerpo, como el de abajo del ojo, o el del dedo anular. Además, soy imbatible en la pulseada china (de verdad, es como un superpoder extremadamente inútil, pero lo tengo). Y algún día voy a ser una vieja chota. ¿Ven?, sin dramatismo: ya lo acepté.

Ojo, tampoco me va lo de viejita adorable que teje frente a la tele mirando canal volver. Y no porque no me guste ¿eh?, sino porque me quedaría mal. Como el color marrón. 

Con toda honestidad, si pudiera elegir, me encantaría ser una de esas señoras cancheras que nunca te dicen la edad pero a las que les calculás como mil años. Las que usan fedoras, o flores en el pelo y les encanta estar con gente joven. El tipo de mujer que viajó por todo el mundo y cuyas anécdotas -siempre verídicas- empiezan con frases como: "Una noche, en un tren camino a Nairobi".

Pero no. Me temo que no. Yo creo que voy a ser de esas señoronas orondas que se pasan el rouge por los dientes. Las que se cuelgan toda, pero toda, la bisutería que tienen y te da impresión mirarle las orejas porque los aros, de tan pesados, están a punto de hacerles una carnicería en el lóbulo. Sobre todo los domingos, cuando van a alguna confitería paqueta a tomar café con torta. En la semana no. Seguro andaré como ellas, vestida con un conjuntito tipo twin-set todo manchado con tuco, gritando que alguien me roba las cosas porque no me voy a acordar a dónde las dejé.

Además, voy a tomar gin and tonic. Y Mucho. Y cuando lo haga seguramente salga al supermercado con mi chango con el único motivo de corretear chongos. Los llamaré "querido" o "muchacho", y flamearé un billete al viento para que me alcancen las compras a casa. 

Ah. Eso. Mi casa. Ahí siempre voy a tener las persianas cerradas, alimentos en conserva vencidos, y otro montón de cosas inútiles (como diskettes, o esquíes que no se puedan reparar). Sin embargo a mi me parecerá todo tan maravilloso, que intentaré regalárselo a quienes vengan de visita. Y de algo estoy segura: insistiré.

Pero no se preocupen, que yo pienso pasarla bomba. Al menos hasta el día en el que me asesine mi propia familia. Igual que a Madame D.










martes, 20 de mayo de 2014

Elena y yo






Elena no lo sabe, pero es mi ahijada. En realidad, no lo sabe porque apenas tiene cuatro años, y esa no es edad de andar entendiendo cosas de grandes. A ella le basta con quererme. Y con que yo la quiera. Cuando me ve, Elena corre a mis brazos y pronuncia mi nombre a su manera. O pega saltitos  para que le haga upa. 

Es mi ahijada sin religión. Sin dios ni sacerdote que nos diera el visto bueno. Es mi ahijada porque su mamá quiso que tuviera alguien más con quien hablar cuando creciera. Y nosotras charlamos mucho. No sé bien de qué: a veces subimos a las parecitas de las casas y hacemos equilibrio mientras ella me cuenta cosas de su amigo Gregorio. Otras me pregunta cuándo vamos a ir a darle de comer a los patos.

Elena tiene la cabeza llena de rulos, los ojos grandes como si la hubiera pintado Margaret Keane, y los cachetes colorados como si se los hubiera encendido el sol de Febrero del día en el que nació.

Cuando mi ahijada se ríe, pasan cosas locas: los árboles se ponen más verdes, y la gente abre las jaulas para que los pájaros vuelen a las playas de Turkmenistán. O de Indonesia.

Por eso me gusta estar con ella: porque me vuelvo un poco niña y lo mágico se vuelve un poco cierto. Entonces dejo de sentirme sola. O triste. O lejos.

Lo mejor de todo es que ella me quiere así: sin condiciones. Sin esperar nada de mi. Excepto que la semana que viene vaya a su casa y hagamos galletitas juntas. Al fin y al cabo, yo se lo prometí.